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El ser humano cuando enferma sufre y con él su familia y los que los rodean. La enfermedad y muerte son una experiencia dolorosa, a veces durísima y dan origen a diversos tipos de sufrimientos. Estamos concientes que el dolor físico puede ser insoportable, pero a su vez, podremos mitigarlo con analgésicos potentes con los que contamos hoy en día.

 

El paciente presenta en muchas ocasiones un sufrimiento emocional, es decir, al verse limitado y frágil, no valerse por sí mismo, tener que depender de los demás, ver su imagen tan deteriorada, perder su autonomía, sentir la propia vida amenazada, ser cuidado por personas sin conocimientos, comienza a sufrir sin saber por qué, para qué y hasta cuándo.

 

Sin embargo, en este correr de los años trabajando con enfermos al final de sus vidas, hemos podido palpar que el sufrimiento que duele más es el del alma, esos que salen de esos corazones desgarrados, golpeados, atormentados y arrepentidos. Los conflictos y culpas familiares suelen aflorar tarde o temprano; al enfermo la vida le va recordando su pasado, como tratando de cobrarle su proceder.

 

El sufrimiento siempre será una experiencia personal intransferible; los demás podremos imaginárnoslo y hasta prestarnos para ayudar, pero el que sufre será siempre el protagonista insustituible que ha de dar su propia respuesta a lo que le está pasando.

 

El hombre de nuestro tiempo no busca ni admite explicaciones al sufrimiento, exige inmortalidad a toda costa, apoyado ciegamente en las posibilidades de la ciencia y tecnología de siglo XXI. Cuando nos encontramos ante un enfermo con un pronóstico a corto plazo, la familia no sabe que hacer, se siente sola y desprovista de recursos para afrontar y asumir la enfermedad, no saben ni se dan cuenta que tienen una gran posibilidad de crecimiento humano.

 

Podríamos pensar entonces que el sufrimiento es un gran mal, pero entendamos que tiene una función esencial en la vida de cada ser humano, esto es lo que nuestro equipo interdisciplinario trata de lograr, haciendo CRECER, MADURAR, PERDONAR, VALORAR Y SOBRE TODO AMAR lo que nos fue dado.

 

Lic. Beatriz Montes de Oca Pérez